Cajas con chocolates, pasteles de
chocolate, paletas de chocolate, chocolate con chocolate y chocolate blanco,
negro y con frutas, para todos los amantes como yo del chocolate. Pero, además
de ser esta comida uno de los varios distintivos del amor pasional, podemos
encontrar millares de rosas puestas en floreros con agua de colores y muchos
ositos polares con corazones cocidos al pecho con tremenda crueldad. Eso es lo
que se puede ver a principios de febrero en cualquier estantería de una tienda.
¿Pero qué significa todo esto? ¡Pues que el día de los enamorados está a punto de
llegar! Aunque junto con él, también una antigua tradición que se fue transformando a lo
largo de la historia —como todas las demás tradiciones— y que al final de
nuestros tiempos se convirtió en esclava del consumismo más que de otra cosa:
La Lupercalia.
Si viajamos al pasado a ver la
historia descubriremos que nuestro “14 de febrero” proviene desde los antiguos
romanos, quienes celebraban una fiesta a la que denominaron la “Lupercalia”, que era celebrada el 15 de
febrero haciendo honor al fauno Luperco.
El nombre de esta celebración deriva directamente del sitio donde se realizaba;
una gruta llamada Lupercal, que se
encuentra en el monte Palatino (donde vivía Luperca,
la loba que alimentó a los hijos gemelos de Marte).
Durante el reinado del emperador
Cayo —César Augusto—, que aconteció entre el 27. a. C. y el 14 d. C, las fiestas
Lupercales tomaron una mayor importancia, puesto que este gobernante dictó
leyes que prohibían y castigaban el celibato. La fiesta se dejaba a cargo de un
colegio sacerdotal que se escogía cada año. No todos podían ser Lupercos (amigos del lobo), ni celebrar esta fiesta. Se escogían de entre los ciudadanos más ilustres, y estos debían ser en su origen adolescentes que durante el tiempo de iniciación a la edad adulta sobrevivieran de la caza y el merodeo por el bosque. Si sobrevivían eran bienvenidos.
En el ritual de los Lupercales
se sacrificaban cabras, perros y machos cabríos. Estos animales se consideraban
sagrados durante el inicio de la fiesta y no podían ser tocados por ningún
miembro que participara en la celebración. Se realizaban cánticos y ofrendas en
honor al Fauno, y finalmente el sacerdote
oficiante ungía con sangre la frente de dos jóvenes castos. En ocasiones limpiaban
el cuchillo ensangrentado en la frente de estos jóvenes, y en otras limpiaban
el cuchillo con lana de oveja empapada en leche. El significado de la leche
tenía una gran importancia, ya que en esa cueva la loba Luperca amamantó a los gemelos fundadores. Era signo de
fertilización y crecimiento.
Los Lupercos arrancaban la piel
de los animales sacrificados y la cortaban en tiras largas. A continuación, se
la entregaban a los festejantes y ellos hacían látigos y taparrabos con ellas (a
los que llamaban februa, posiblemente
el origen de febrero). Luego, en
grupo, corrían cerro abajo en el Palantino y daban latigazos a todos los que se
cruzaran en su camino. Las mujeres se ofrecían para ser azotadas, porque esto
les ponía la piel de color púrpura, un color que representaba a las prostitutas
de la época, en particular a las que ejercían la prostitución sagrada con los
Lupercos. Además de que se creía que estos azotes eran más buenos para la
fertilidad que la propia hechicería de la época. Después de este desfile de
azotes y purificación sagrada se celebraba un banquete con la carne de los
animales sacrificados, pero sólo entre los Lupercos, y así se le daba fin a la
fiesta pública del sacrificio.
Por suerte —o no—, este ritual comenzó
a ser fuertemente cuestionado allá por el 345 d. C. en un dictamen del
emperador Teodosio, quien declaró ilegal al paganismo. Pero fue hasta el año
494 aproximadamente que el Papa Gelasio I condenó esta fiesta por la fuerte carga
sexual que esta contenía, dándole su prohibición absoulta.
Los Lupercos habían desaparecido,
pero las personas paganas continuaban celebrando la fiesta, aunque ya no con
cantos en honor al Dios del Pan y al Fauno, sino con cantos silenciosos y
festivos de conmemoración a la celebración.
Con el paso del tiempo esta
fiesta tuvo que ser sustituida por otra; la conmemoración del martirio y muerte
de San Valentín, el 14 de febrero del año 270. Según la leyenda, San Valentín
era un sacerdote cristiano, anteriormente médico, que se había opuesto a la ley
que prohibía a los soldados casarse, desafiando al emperador Claudio II. San
Valentín celebraba matrimonios en secreto para jóvenes enamorados, y en
consecuencia el emperador ordenó encarcelarlo y finalmente matarlo. Valentín se
convirtió en mártir. Y en su tumba, Julia, supuestamente la hija de un oficial
romano al que el doctor Valentín le había devuelto la vista, plantó un almendro
de flores rosadas. De ahí que el almendro sea símbolo de amor y amistad
duraderos. La festividad religiosa se
celebró hasta el año de 1969, cuando el pontificado de Pablo VI decidió
eliminarla del calendario postconciliar (acordado en el Concilio Vaticano II),
pasando a ser esta una fecha con santo, pero sin celebración. Y esto se debió a
que se encontraron dificultades para encontrar pruebas de la vida del santo Valentín.
Así nos encontramos pues, con
otra celebración más de las tantas que existen en occidente, que oculta la
barbaridad y la violencia de las antiguas civilizaciones.
Por último, si tú que lees esto eres
un soltero y nadie te va a regalar chocolates y ositos polares, entonces te
invito a sacar del baúl del estante que tienes en tu sala el látigo aporreador
de parejas felices para que salgas a la calle a desquitarte de manera
justificada.

0 comentarios:
Publicar un comentario