2 de febrero de 2017

El significado detrás de la celebración del Día de los enamorados.

     Cajas con chocolates, pasteles de chocolate, paletas de chocolate, chocolate con chocolate y chocolate blanco, negro y con frutas, para todos los amantes como yo del chocolate. Pero, además de ser esta comida uno de los varios distintivos del amor pasional, podemos encontrar millares de rosas puestas en floreros con agua de colores y muchos ositos polares con corazones cocidos al pecho con tremenda crueldad. Eso es lo que se puede ver a principios de febrero en cualquier estantería de una tienda. 
     ¿Pero qué significa todo esto? ¡Pues que el día de los enamorados está a punto de llegar! Aunque junto con él, también una antigua tradición que se fue transformando a lo largo de la historia —como todas las demás tradiciones— y que al final de nuestros tiempos se convirtió en esclava del consumismo más que de otra cosa:

La Lupercalia.

    Si viajamos al pasado a ver la historia descubriremos que nuestro “14 de febrero” proviene desde los antiguos romanos, quienes celebraban una fiesta a la que denominaron la “Lupercalia”, que era celebrada el 15 de febrero haciendo honor al fauno Luperco. El nombre de esta celebración deriva directamente del sitio donde se realizaba; una gruta llamada Lupercal, que se encuentra en el monte Palatino (donde vivía  Luperca, la loba que alimentó a los hijos gemelos de Marte).
     
     Durante el reinado del emperador Cayo —César Augusto—, que aconteció entre el 27. a. C. y el 14 d. C, las fiestas Lupercales tomaron una mayor importancia, puesto que este gobernante dictó leyes que prohibían y castigaban el celibato. La fiesta se dejaba a cargo de un colegio sacerdotal que se escogía cada año. No todos podían ser Lupercos (amigos del lobo), ni celebrar esta fiesta. Se escogían de entre los ciudadanos más ilustres, y estos debían ser en su origen adolescentes que durante el tiempo de iniciación a la edad adulta sobrevivieran de la caza y el merodeo por el bosque. Si sobrevivían eran bienvenidos. 

     En el ritual de los Lupercales se sacrificaban cabras, perros y machos cabríos. Estos animales se consideraban sagrados durante el inicio de la fiesta y no podían ser tocados por ningún miembro que participara en la celebración. Se realizaban cánticos y ofrendas en honor al Fauno, y finalmente el sacerdote oficiante ungía con sangre la frente de dos jóvenes castos. En ocasiones limpiaban el cuchillo ensangrentado en la frente de estos jóvenes, y en otras limpiaban el cuchillo con lana de oveja empapada en leche. El significado de la leche tenía una gran importancia, ya que en esa cueva la loba Luperca amamantó a los gemelos fundadores. Era signo de fertilización y crecimiento.
     Los Lupercos arrancaban la piel de los animales sacrificados y la cortaban en tiras largas. A continuación, se la entregaban a los festejantes y ellos hacían látigos y taparrabos con ellas (a los que llamaban februa, posiblemente el origen de febrero). Luego, en grupo, corrían cerro abajo en el Palantino y daban latigazos a todos los que se cruzaran en su camino. Las mujeres se ofrecían para ser azotadas, porque esto les ponía la piel de color púrpura, un color que representaba a las prostitutas de la época, en particular a las que ejercían la prostitución sagrada con los Lupercos. Además de que se creía que estos azotes eran más buenos para la fertilidad que la propia hechicería de la época. Después de este desfile de azotes y purificación sagrada se celebraba un banquete con la carne de los animales sacrificados, pero sólo entre los Lupercos, y así se le daba fin a la fiesta pública del sacrificio.

     Por suerte —o no—, este ritual comenzó a ser fuertemente cuestionado allá por el 345 d. C. en un dictamen del emperador Teodosio, quien declaró ilegal al paganismo. Pero fue hasta el año 494 aproximadamente que el Papa Gelasio I condenó esta fiesta por la fuerte carga sexual que esta contenía, dándole su prohibición absoulta.
   Los Lupercos habían desaparecido, pero las personas paganas continuaban celebrando la fiesta, aunque ya no con cantos en honor al Dios del Pan y al Fauno, sino con cantos silenciosos y festivos de conmemoración a la celebración.
    
     Con el paso del tiempo esta fiesta tuvo que ser sustituida por otra; la conmemoración del martirio y muerte de San Valentín, el 14 de febrero del año 270. Según la leyenda, San Valentín era un sacerdote cristiano, anteriormente médico, que se había opuesto a la ley que prohibía a los soldados casarse, desafiando al emperador Claudio II. San Valentín celebraba matrimonios en secreto para jóvenes enamorados, y en consecuencia el emperador ordenó encarcelarlo y finalmente matarlo. Valentín se convirtió en mártir. Y en su tumba, Julia, supuestamente la hija de un oficial romano al que el doctor Valentín le había devuelto la vista, plantó un almendro de flores rosadas. De ahí que el almendro sea símbolo de amor y amistad duraderos. La festividad religiosa se celebró hasta el año de 1969, cuando el pontificado de Pablo VI decidió eliminarla del calendario postconciliar (acordado en el Concilio Vaticano II), pasando a ser esta una fecha con santo, pero sin celebración. Y esto se debió a que se encontraron dificultades para encontrar pruebas de la vida del santo Valentín.
     Así nos encontramos pues, con otra celebración más de las tantas que existen en occidente, que oculta la barbaridad y la violencia de las antiguas civilizaciones.

     Por último, si tú que lees esto eres un soltero y nadie te va a regalar chocolates y ositos polares, entonces te invito a sacar del baúl del estante que tienes en tu sala el látigo aporreador de parejas felices para que salgas a la calle a desquitarte de manera justificada.

¡Un cordial saludo! 

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